Los 5.000 días que nadie está gestionando: la gran decisión estratégica de la longevidad


Jordi Vidal Arasa, director comercial de Serviall

La longevidad está redefiniendo los ciclos económicos, organizativos y financieros de forma silenciosa. Este artículo propone una lectura estratégica de una etapa vital que muchas organizaciones aún no han incorporado a su agenda de dirección.

Vivimos más. Pero lo verdaderamente decisivo y todavía mal entendido es cómo estamos gestionando ese tiempo adicional. España ha ganado más de 5.000 días extra de vida adulta respecto a generaciones anteriores. No es una metáfora: son más de trece años añadidos al ciclo vital. Trece años de decisiones económicas, organizativas y personales que no estaban contempladas en los modelos sobre los que se construyeron nuestros sistemas productivos, financieros y de servicios.

Y aquí surge el problema: empresas, aseguradoras, entidades financieras y políticas públicas continúan operando como si esos días no alteraran la arquitectura del sistema. No estamos ante un reto demográfico. Estamos ante una decisión de dirección general mal-resuelta.

 

No es edad. Es diseño estratégico

La brecha entre esperanza de vida total y esperanza de vida saludable que supera los veinte años suele abordarse desde una óptica clínica o asistencial. Ese enfoque es limitado.

Esa brecha es, sobre todo, un fallo de diseño sistémico con impacto directo en la sostenibilidad del gasto sanitario, la eficiencia de aseguradoras y mutuas, la planificación financiera y patrimonial de millones de hogares, la gestión del talento y las políticas de salida del mercado laboral, así como en la carga invisible que asumen familias y entornos próximos.

Nunca antes una economía había tenido que gestionar tantos años de vida adulta fuera de los marcos tradicionales de trabajo, jubilación y dependencia. Sin embargo, seguimos utilizando estructuras pensadas para trayectorias vitales que ya no existen.

 

El freno invisible: el edadismo incorporado al sistema

uando se analizan las barreras para aprovechar esta oportunidad, el diagnóstico suele apuntar a la falta de inversión, a la tecnología o a las restricciones presupuestarias. Es un análisis cómodo. Y equivocado. El principal obstáculo es cultural. Se llama edadismo estructural.

No el explícito, fácil de identificar, sino el que se integra silenciosamente en políticas, procesos y productos. A partir de cierta edad, el sistema asume que la persona ya no planifica a largo plazo, no optimiza decisiones complejas, no invierte en prevención y se limita a gestionar la urgencia.

Este supuesto no solo es incorrecto. Es económicamente ineficiente. El edadismo no se proclama: se diseña. En cómo se limitan servicios por edad cronológica y no por capacidad funcional; en cómo se simplifican decisiones patrimoniales “por protección”; en cómo se separa la planificación vital de la financiera. El resultado es previsible: decisiones reactivas, pérdida de patrimonio evitable y dependencia prematura. La paradoja es clara: cuanto más vivimos, peor diseñamos esos años adicionales.

 

Los 5.000 días como nuevo ciclo económico

Los 5.000 días extra no son una prórroga pasiva. Constituyen una nueva etapa vital completa que redefine consumo, riesgo, inversión y demanda de servicios. En esta etapa, la mayoría de personas no se perciben como “mayores”, quieren seguir decidiendo, buscan autonomía y necesitan previsión, no incertidumbre.

Sin embargo, el sistema continúa tratándolas como si ya estuvieran fuera del circuito económico. Esto tiene un impacto macroeconómico evidente: el segmento de mayores de 55 años concentra una parte creciente del consumo y del patrimonio, mientras los modelos siguen orientados a la reacción tardía en lugar de a la anticipación estratégica.

 

Cuando el sistema debe desplazarse hacia la vida real

El siguiente salto no será tecnológico. Será conceptual. Durante décadas, la lógica fue clara: la persona se adapta al sistema. El cambio que empieza a imponerse es el contrario: el sistema debe adaptarse a la persona, a su entorno y a su capacidad funcional real.

Esto implica una transformación profunda en la forma de diseñar servicios: prevención antes que urgencia, seguimiento antes que abandono, coordinación antes que compartimentos estancos y acompañamiento continuo en lugar de intervenciones aisladas.

El hogar y el entorno cotidiano dejan de ser espacios residuales para convertirse en núcleos estratégicos de eficiencia, donde se integran salud, toma de decisiones, previsión financiera y autonomía personal.

 

De la edad cronológica al valor funcional
Gestionar bien los 5.000 días exige un cambio de criterio que afecta directamente a consejos de administración, comités de dirección y responsables de políticas públicas:
- Sustituir la edad cronológica por la capacidad funcional como variable central de decisión.
- Invertir en prevención continua, sanitaria y financiera, durante toda la etapa adulta prolongada.
- Integrar servicios hoy fragmentados: salud, cuidados, planificación legal y financiera.
- Diseñar tecnología inclusiva, con procesos claros y soporte humano que empodere.
- Entender la seguridad económica como determinante directo de salud, bienestar y estabilidad social.

Este enfoque no es teórico. En España ya existen modelos operativos integrados que coordinan de forma eficiente múltiples servicios especializados alrededor de la persona y su ciclo vital real. No son promesas: son evidencia de que un diseño correcto reduce costes, conflictos y dependencia innecesaria.

 

Conclusión: una decisión que define competitividad

La longevidad no es un problema que haya que gestionar.
Es la mayor decisión estratégica de nuestra economía, mal abordada por inercia cultural y falta de visión sistémica.

La edad no define el valor de una persona. Define la responsabilidad del sistema durante esos 5.000 días adicionales.
Las organizaciones que comprendan esto antes en empresa, finanzas, innovación o sector público no solo se adaptarán al cambio demográfico. Ganarán eficiencia, sostenibilidad y ventaja competitiva.

La pregunta relevante ya no es si podemos permitirnos rediseñar esos 5.000 días.
La pregunta es si podemos permitirnos seguir improvisándolos. Porque no son el futuro. Son el presente.

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