Juan Comas
Hay profesiones que se eligen y profesiones que, de alguna manera, terminan eligiendo a quien las ejerce. La historia de Fernando Jesús Santiago Ollero está profundamente ligada a la de los gestores administrativos desde mucho antes de ocupar responsabilidades institucionales. Hijo de gestor administrativo, creció observando cómo su padre ayudaba cada día a ciudadanos, autónomos y empresarios a desenvolverse en un mundo administrativo cada vez más complejo. Pero su vida dio un giro inesperado cuando aún era muy joven. El fallecimiento de su padre en un accidente provocó la desaparición de la gestoría familiar y dejó una huella que marcaría su forma de entender la profesión, la empresa y la responsabilidad. Décadas después, convertido en empresario, presidente del Colegio Oficial de Gestores Administrativos de Madrid y presidente del Consejo General de los Colegios de Gestores Administrativos de España, sigue defendiendo una misma idea: detrás de cada trámite hay una persona y detrás de cada empresa hay una familia.
Si tuviera que explicar quién es Fernando Santiago a alguien que nunca ha oído hablar de usted, más allá de los cargos que ocupa, ¿qué le diría?
Le diría que soy una persona que ha dedicado toda su vida a ayudar a otras personas a resolver problemas. Los cargos son importantes porque implican responsabilidades, pero no explican quién es uno realmente. Yo crecí viendo cómo un gestor administrativo podía cambiar la vida de alguien simplemente ayudándole a ejercer un derecho, a poner en marcha un negocio o a superar una dificultad administrativa. Probablemente por eso siempre he entendido esta profesión desde una perspectiva muy humana. Me considero empresario, gestor administrativo y representante institucional, pero, sobre todo, alguien que cree en el valor del esfuerzo, del compromiso y del servicio. He tenido la suerte de trabajar con miles de ciudadanos, autónomos y empresarios y eso me ha permitido conocer muy bien la realidad de nuestro país. Esa realidad es la que intento representar cada día.
¿Recuerda el momento en que decidió dedicar su vida profesional a la gestión administrativa? ¿Qué vio en esta profesión que otros no veían?
Sí lo recuerdo. En realidad, no fue una decisión repentina, sino el resultado de una experiencia vital muy intensa. Mi padre era gestor administrativo y yo conocía la profesión desde niño. Veía la confianza que los clientes depositaban en él y la utilidad que tenía su trabajo para las personas. Pero el momento decisivo llegó cuando falleció en un accidente. Yo todavía no había llegado a la universidad. Aquello cambió nuestra vida por completo. La gestoría desapareció y mi familia pasó por momentos muy difíciles. Viví en primera persona cómo una circunstancia inesperada puede poner en riesgo todo lo que una familia ha construido durante años. Desde entonces tuve claro que quería ser gestor administrativo. Quería continuar una profesión que conocía y admiraba, pero también comprendí algo que me ha acompañado siempre: detrás de cada negocio hay personas y detrás de cada profesional hay una familia. Cuando años después comencé mi propia gestoría, mi madre fue un apoyo imprescindible. Mientras yo intentaba sacar adelante el proyecto, ella llevaba documentación a las administraciones y me ayudaba en todo lo que podía. Aquellos años me enseñaron el valor del sacrificio y de la perseverancia.
Después de décadas de ejercicio profesional, ¿qué ha aprendido de los ciudadanos, autónomos y empresarios que han pasado por su despacho?
He aprendido muchísimo. De los autónomos he aprendido probablemente la mayor lección de sacrificio que existe. Muchas veces trabajan sin horarios, sin vacaciones y sin posibilidad de ponerse enfermos. Son personas que asumen una enorme responsabilidad y que rara vez aparecen en los titulares. De las pequeñas y medianas empresas he aprendido el valor del compromiso. He visto empresarios arriesgar hasta el último céntimo para mantener un proyecto, para conservar puestos de trabajo o para sacar adelante a una familia. Muchas veces se habla de las empresas como si fueran cifras, pero detrás de cada pyme hay personas que se juegan su patrimonio, su tranquilidad y una parte importante de su vida. Y de los ciudadanos he aprendido que la Administración puede ser una herramienta extraordinaria, pero también una fuente de frustración cuando resulta inaccesible o excesivamente compleja.
Usted ha construido una empresa y ha dirigido equipos durante muchos años. ¿Qué enseñanzas le ha dado el mundo empresarial que luego ha aplicado a la gestión institucional?
Llevo más de treinta y cinco años como empresario y quizá la principal enseñanza es que ninguna organización funciona sin las personas que la integran. Los equipos no son un conjunto de recursos; son personas con inquietudes, problemas, ilusiones y necesidades. Siempre he intentado conocer a quienes trabajan conmigo más allá de su puesto de trabajo. Cuando alguien atraviesa una dificultad personal, familiar o económica, necesita sentirse respaldado. Probablemente esa sensibilidad procede de lo que viví en mi juventud. Sé lo que significa que una situación inesperada cambie una vida de un día para otro. Esa misma filosofía la he trasladado a mi actividad institucional. Las organizaciones no pueden perder el contacto con las personas a las que representan.
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