Antón Fonseca Fernández, CEO y vicepresidente ejecutivo de Grupo Terras Gauda: Una familia de bodegueros referente en este país

Antón Fonseca Fernández, CEO de Grupo Terras Gauda, destaca la evolución del grupo desde sus inicios en los años 80 hasta consolidarse como referente del sector bodeguero en España. La innovación, la recuperación de variedades autóctonas como el Caíño Blanco y la expansión a cinco regiones vinícolas han sido claves en su crecimiento.

FOTO: Sector Ejecutivo.


Fernando Ramos 

El Grupo Terras Gauda está formado por cinco bodegas: Terras Gauda, Viñedos y Bodegas Pittacum, Quinta Sardonia, Compañía de Vinos Heraclio Alfaro y Bodegas Gargalo, así como la conservera vegetal A Rosaleira. Tiene presencia en cinco zonas vinícolas de nuestro país, lo que le consolida entre los principales grupos bodegueros de España.

¿Cómo fueron los inicios del Grupo Terras Gauda y cuáles los principales desafíos que enfrentaron en sus primeras etapas?

Muy modestos, en un taller con un grupo de amigos que creían en hacer cosas distintas. Fue como el de cualquier emprendedor, pero con esa chispa que tiene mi padre para transformar una idea en una realidad. Él venía del mundo de la administración y le encomendaron la tarea de identificar los problemas que tendría la futura denominación de origen Rías Baixas, que se estaba creando, e intentar mitigarlos. Estamos hablando de finales de los 80. Ahí empezó a rodearse de los mejores y se dio cuenta de que teníamos muchas barreras: minifundio, falta de mecanización, buena viticultura, pero de fin de semana, excesivo apoyo en la variedad y no en el territorio (este problema perdura hoy día).  A todo esto, le fue poniendo solución: acuerdos con las comunidades de montes para alquilar las 30 primeras hectáreas, favoreciendo el uso de tractoristas y viticultores profesionales, elaboramos vinos plurivarietales que comercializamos como “O Rosal”, en vez de únicamente Albariño. Para este esfuerzo, se rodeó de amigos y familia que fueron aportando a la sociedad su granito de arena. Dentro del accionariado, encontramos viticultores, distribuidores, reconocidos hosteleros y socios “ponedores”, como les llamaba con cariño a los que aportaban Capital y les pedía que pidieran sus vinos allá por donde fuesen. En una ocasión, le escuché decir que estaba tan ensimismado en el día a día, que tardó 7 años en darse cuenta de que era empresario.

El Grupo Terras Gauda ha apostado fuertemente por la innovación y la recuperación de variedades autóctonas. ¿Qué les motivó a iniciar el proyecto de recuperación del Caíño Blanco y cuál ha sido su impacto en la producción y comercialización?

Va en nuestro ADN, es una cultura de empresa. Pensamos que un mayor conocimiento del producto y de los procesos nos llevarán a hacer mejores vinos. Desde el principio, optamos por el I+D+i para alcanzar la máxima singularidad y preservar el legado vitivinícola, por lo que hemos llevado a cabo numerosos proyectos. En cuanto a la recuperación del Caíño Blanco, partió de la convicción de que es una variedad única. El hecho de ser una variedad minoritaria no implica que sea buena, pero en este caso sí que lo es. Ese final en boca redondo, untuoso y elegante, entendimos desde el principio que era fundamental para nuestro buque insignia. A partir de ahí, en la apuesta por el viñedo propio, la variedad creció con nosotros. Actualmente, cultivamos el 95% de la D.O. Ahora, vemos con nuestro vino La Mar el potencial de guarda que tiene.

Bodegas Terras Gauda es la matriz del grupo, pero han expandido su presencia a otras regiones vinícolas. ¿Cuál ha sido la estrategia detrás de esta diversificación y qué retos han encontrado en este proceso?

Hemos ido creciendo “pasiño a pasiño”, buscando proyectos que encajasen con nuestra filosofía. La estrategia fue muy meditada en cuanto al cómo y el por qué. Esta filosofía de singularidad y de fidelidad al territorio, con el tiempo, nos ha traído buenos resultados. Cuando Rías Baixas despega, las grandes bodegas, sobre todo de Rioja, ponen su foco aquí. Ahí decidimos comenzar la expansión. Los retos y las empresas van ligados, nunca es fácil, aunque a veces lo parezca desde fuera. Por proximidad llegamos al Bierzo, que en ese momento no tenía la proyección de hoy en día. Aquí encontramos un proyecto pequeño, pero con mucha personalidad, con el que nos identificamos plenamente: Bodegas Pittacum. Continuamos hacia Sardón de Duero, en plena milla de oro del vino, incorporando la bodega boutique Quinta Sardonia. En 2018 dimos un gran paso, siendo la primera bodega gallega en desembarcar en La Rioja con la Compañía de Vinos Heraclio Alfaro. Volviendo a casa, el año pasado, sellamos una alianza estratégica con Bodegas Gargalo en Monterrei, de Roberto Verino, donde elaboramos mayoritariamente Godello con una filosofía compartida.

En los últimos años han apostado por la expansión en tintos con la incorporación de Bodegas Pittacum en el Bierzo y Quinta Sardonia en la Ribera del Duero. ¿Qué diferencias clave presentan estos proyectos respecto a sus vinos blancos tradicionales?

Cuando incorporamos una bodega queremos mantener su autenticidad e idiosincrasia propia, alineándola con las señas de identidad del Grupo. Pittacum y Quinta Sardonia son proyectos antagónicos, pero, como decía antes, fieles al territorio, a la innovación y a la singularidad. En el caso de Pittacum, elaboramos mencías centenarias, por lo cual, seguimos la tradición de la zona y el saber hacer de nuestros ancestros. Jugamos con el paso por barricas en un momento en el que se creía que la mencía y la barrica no se llevaban bien.  Si pruebas un Pittacum, te darás cuenta de lo bien que se llevan. Hoy en día está de moda lo que se hacía en Quinta Sardonia 25 años atrás: vinos elaborados bajo las leyes de la biodinámica (la práctica más extrema de viticultura ecológica) y la filosofía del terroir: en función de los suelos y no de las variedades. Por decirlo de alguna forma, el suelo cuenta su historia y las variedades le dan su personalidad.

Entrevista completa en la versión impresa.

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