Antonio Blanco
El Estado de Derecho es el único sistema político que garantiza que los poderes del estado estén delimitados por normas jurídicas, controlables por tribunales independientes, de tal manera que excluye la arbitrariedad en el ejercicio del poder. Un estado sólo es de Derecho cuando está legitimado por la concurrencia de tres exigencias: la presencia de una Constitución, norma suprema del ordenamiento jurídico, emanada de un poder soberano constituyente, que rige la actuación de todos y cada uno de los poderes del estado, incluido el poder legislativo; la división y distribución de los poderes del estado (legislativo, ejecutivo y judicial) entre diferentes órganos, con arreglo a unas normas jurídicas que señalan con precisión el ámbito de su respectiva acción y la forma de ejercicio de las distintas potestades estatales; y el reconocimiento y efectividad de unos derechos fundamentales de los ciudadanos, que establecen una esfera de libertad para la persona, inviolable para los poderes del estado. Entre estos derechos se encuentran, además de la propia vida, la libertad, la igualdad y la participación democrática en las decisiones públicas.
¿Qué es y por qué es importante el Estado de Derecho? En su libro “Sobre el Imperio de la ley” afirma que el Estado de Derecho está en peligro. ¿Podría hablarnos al respecto?
La importancia del Estado de Derecho es la importancia de los valores que representa y las garantías que aporta a la convivencia. Es la única forma estatal que puede ofrecer libertad, seguridad y justicia. Fuera de él nadie puede invocar con efectividad los derechos fundamentales, aquellos que corresponden a todo ser humano, y nadie puede invocar la democracia como límite a la voluntad arbitraria de quien sin derecho y, por tanto, sin legitimidad, detenta de facto el poder. El Estado de Derecho está y estará siempre en peligro, de una parte, porque no puede considerarse nunca como un valor definitivamente adquirido. Es un sistema que tiene su reconocimiento en las normas, pero que exige también un permanente ejercicio del poder ajustado a sus normas. De otra, por la tentación que representa para voluntades totalitarias o populistas quebrar los límites que para ellas representa el Estado de Derecho. En definitiva, no es una proclamación inerte esculpida en una roca. No es una frase solemne impresa en una Constitución para recordar por su nobleza o ser venerada. El Estado de Derecho es una forma de vida basada en principios que requiere adhesión y respeto de los ciudadanos y de los propios poderes. El Imperio de la Ley es patrimonio de la humanidad que demanda cuidado y protección, ya que sólo hace falta una generación para que las instituciones colapsen si estas no cuentan con el compromiso mayoritario y firme de la sociedad civil, de la sociedad y de las personas a las que sirve y defiende. Su fragilidad nos lleva a recordar que el Estado de Derecho carece de un código genético de autoprotección y corresponde especialmente a los juristas del mundo, luchar por defender y fortalecer el Imperio de la Ley.
Usted describe un patrón muy concreto de deterioro institucional. ¿Cómo empieza?
No siempre comienza con un ataque frontal, como es el caso característico del asalto al poder revolucionario o por medio de un golpe de estado, sino que, a veces, es un camino más sutil y emboscado, por ejemplo, en el cuestionamiento de la imparcialidad de los jueces. Yo lo he comprobado en un proceso a lo largo de varios años de escucha a magistrados y presidentes de tribunales constitucionales y supremos de todo el mundo, desde Alemania y Estados Unidos hasta países que no son Estados de Derecho. También he escuchado a académicos, abogados, activistas que luchan y penetran las autocracias, politólogos de prestigio internacional o constitucionalistas que son maestros del derecho. A ciudadanos que vivieron o viven atrapados o perseguidos por horribles dictaduras. He apadrinado presos políticos en Bielorrusia, Nicaragua, Cuba, Venezuela o Rusia. A veces han sido liberados y he podido abrazarlos y a veces no, y sólo he podido escucharlos a través de sus familias. Cómo se llega a algo tan horrible como maltratar, torturar o asesinar a personas por pensar diferente. Nunca se empieza diciendo “los jueces son corruptos”. Lo primero es insinuar que quizá no son objetivos, que podrían tener una agenda política, que defienden a una oligarquía, o vete tú a saber qué. Todo vale. Se va generando incertidumbre y desconfianza y se rompe el vínculo entre el ciudadano y quienes están para protegerle frente al abuso de poder, quienes aplican el derecho a cada caso concreto
¿En qué países en más evidente ese deterioro? ¿Cómo analiza el Estado de Derecho en el orden internacional?
Es muy difícil establecer un elenco o relación ordenada de estados que no son Estados de Derecho. En todo caso, son minoría los estados que respetan las exigencias del Estado de Derecho. No lo hacen aquellos que, con independencia de formulaciones y reconocimiento formales, vulneran la dignidad y los derechos fundamentales de distintos colectivos, a los que se priva de derechos tan básicos como el de la presunción de inocencia o del debido trato humano en expulsiones del territorio o en el cumplimiento de penas privativas de libertad, viviendo, incluso, la población en un permanente estado de excepción. Por otra parte, el Estado de derecho internacional aparece explícitamente en el escenario internacional a mediados de la década de 1990, como consecuencia de lo que dio en llamarse “nuevo orden internacional”, surgido a raíz de la caída del bloque soviético. A través de éste se intentó organizar las relaciones internacionales a partir de medios políticos y estratégicos, reduciendo la apelación a intervenciones armadas para mantener el orden internacional. Vinculados a este nuevo orden, aparecen valores tales como la democracia, los derechos humanos y el propio Estado de Derecho, como principios reguladores de las relaciones internacionales. Sin embargo, en la actualidad asistimos con preocupación a un panorama en que se cuestionan y quiebran estos valores que se ven sustituidos por la presencia imperativa de las grandes potencias que parecen repartirse sus esferas de influencias planetarias preservadas no sólo con amenazas reales, sino con el ejercicio efectivo de la fuerza, pretendiendo sustituir las organizaciones internacionales existentes por otras de propia creación.
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