Felipe Delgado
Su misión es promover el mecenazgo y reconocer a quienes lo hacen posible, porque durante siglos hemos admirado a los grandes artistas, pero muchas veces olvidamos a quienes hicieron posible que esas obras existieran. No existiría un Martirio de San Mauricio de El Greco sin Felipe II, ni una Capilla Sixtina de Miguel Ángel sin el Papa Julio II. En estos quince años, la Fundación ha ido creciendo y ampliando su alcance. Desde las primeras iniciativas vinculadas a La Suerte de Dar, el proyecto con el que inició su actividad ha ido construyendo una plataforma que reúne a artistas, mecenas, coleccionistas, empresarios e instituciones, no sólo para hablar del valor del mecenazgo, sino para ejercerlo de forma activa a través de la captación de fondos destinados a la restauración de obras maestras del patrimonio artístico público. Ese crecimiento también se refleja en las alianzas que se han ido sumando, con instituciones como la Casa Real, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el Ayuntamiento de Madrid o Patrimonio Nacional. La evolución de Fundación Callia se entiende precisamente ahí, en haber pasado del reconocimiento a la acción, con más de 60 obras restauradas y otros proyectos que tienen un impacto real.
Tras 15 años de trayectoria de Fundación Callia, ¿qué le llevó a asumir la dirección de la organización y qué papel considera que corresponde a las nuevas generaciones en el impulso del mecenazgo cultural en España?
Mi vínculo con el arte viene de muy atrás, de cuando era pequeño y empecé a visitar museos con mi madre. Esas experiencias se van quedando dentro. Recuerdo, por ejemplo, el día en que le dije: “Mira, un Mondrian”. Tendría 6 años. Seguramente entonces no era plenamente consciente de lo que significaba, pero hoy entiendo que ahí empezaba a formarse una manera de mirar. A eso se sumó también la música, porque toqué el piano desde muy pequeño, y esa educación artística temprana ha marcado profundamente mi relación con el arte. Asumir la dirección de Fundación Callia no ha sido para mí incorporarme a un proyecto ajeno, sino dar continuidad a una historia personal y familiar que he vivido de cerca desde sus inicios. La idea de crear la Fundación surgió hace 15 años, cuando Carmen Reviriego, mi madre, empezó a dar forma a una convicción muy clara, que el arte también es una causa filantrópica tan importante como puede ser la sanidad o la educación.
El patronato de la Fundación reúne perfiles empresariales, académicos, culturales e institucionales. ¿Qué valor aporta esta diversidad de visiones a la hora de diseñar estrategias de mecenazgo con impacto real?
En Fundación Callia tenemos el convencimiento de que una fundación debe gestionarse con el mismo rigor que una empresa si quiere tener impacto real. Hay que tener estrategia, capacidad de ejecución, transparencia, continuidad y una visión clara de hacia dónde se quiere ir. La diversidad del patronato es clave precisamente por eso. Permite que las decisiones no se tomen desde una única perspectiva, sino desde una visión más completa. Cuando se combinan experiencias y conocimientos distintos, es más fácil identificar oportunidades, anticipar riesgos y tomar mejores decisiones. El mecenazgo necesita emoción, pero también organización. Puedes tener un propósito muy valioso, pero si no sabes convertirlo en proyectos concretos, captar fondos, generar confianza y ejecutarlo bien, el impacto se queda a medias. Esa combinación entre propósito, excelencia y capacidad de ejecución es lo que permite que una fundación pase de tener una buena misión a generar impacto real.
Más allá de la filantropía, ¿de qué forma puede el mecenazgo convertirse en una expresión de liderazgo humanista y en una vía para que empresarios y directivos construyan un legado que trascienda su actividad empresarial?
Creo que muchos empresarios y directivos, después de construir una empresa, una carrera o un patrimonio, empiezan a hacerse una pregunta distinta. No solo qué han conseguido, sino qué quieren dejar. Ahí el mecenazgo tiene una fuerza enorme, porque permite transformar parte del éxito personal o empresarial en un legado. Vivimos en un tiempo muy marcado por la inmediatez, por el resultado rápido y por la gratificación inmediata. El mecenazgo, en cambio, conecta con otro tipo de satisfacción, más duradera y más profunda. Eso es lo que en Fundación Callia llamamos “La Suerte de Dar”. Una obra restaurada, una institución fortalecida o un artista acompañado son formas concretas de devolver algo valioso a la sociedad.
¿Cómo puede una colección privada convertirse en patrimonio cultural, emocional y familiar capaz de transmitir valores entre generaciones?
Una colección privada puede empezar por el gusto, por la emoción ante una obra o por el deseo de convivir con el arte. Al final, una de las cosas más importantes es adquirir obras con las que uno quiera vivir, porque esas obras acaban formando parte de la vida cotidiana. Pero para que una colección se convierta en legado necesita algo más que buenas adquisiciones. Necesita relato, documentación, conservación, visión de futuro y, muchas veces, el acompañamiento de profesionales que ayuden a ordenar ese proceso. Cuando eso ocurre, la colección puede convertirse en un proyecto compartido por varias generaciones, capaz de unir a la familia en torno a unos valores.
Entrevista completa en la versión impresa.




